El paisaje no es sólamente un fondo que meta en valor sus figuras sino que las hace valer. Es un elemento orgánico de sus cuadros. Julio Diez Ariaso considera al hombre como un hombre supremo, como criatura perfecta. El paisaje tal y como él lo elabora, como lo concibe es el símbolo hacia un estado mejor, hacia un ritmo más alto, hacia un pensamiento más puro. Sólo un clásico sería capaz de armonizar el lirismo y el racionalismo, de crear un arte puramente mental. Diez, codifica, no solamente los movimientos sino también las pasiones. Somete la naturaleza que él trata.
Por fuera de todas las cosas, Diez triunfa sobre todas las influencias, realiza en toda su obra un acuerdo armonioso entre su mundo interior y su vida exterior. Un arte académico que excluye toda licencia y toda creación de espíritu. Su pintura está impregnada hasta la médula de los huesos de la antigüedad latina; pero a pesar de todo, es antirromana.
|
|
|